Los niños nuevos

No me voy a poner a la altura del metodo cientifico… Pero quiere contarles una historia que muchos ya conocen. Es mi experiencia con el metodo científico. Y quiero contarles también lo que dijo mi hija luego.

Soy una mujer de 49 años. Mi atención siempre estuvo puesta en la vida profesional. Y como allí ponía mi deseo, allí conseguía mis logros. Mi vida era muy diferente de la vida de las otras mujeres que conocía. A los 26 años ya tenía toda una institución a mi cargo como Gerente General, a los 28 era consultora del Banco Mundial. A los 29 me empecé a preguntar que estaba haciendo con mi vida… Y así, como sin darme cuenta, me surgió un deseo biológico, instintivo, irracional… de tener un hijo. Lo oculté, lo tapé, lo descarté. Pero ahí estaba. Cuando tenía 36 años, quedé embarazada. Ya no pude tapar más mi pasión. No era necesidad, ciertamente no necesitaba tener un hijo. Era deseo, era pasión, ansia, anhelo. Cuando me descubrí embarazada sentí que todo lo que siempre había soñado estaba a punto de convertirse en realidad. Y me relajé.

A los 20 días de recibir la noticia, me internaron de urgencia por un embarazo ectópico. El embarazo se había iniciado en una trompa en lugar de llegar hasta el útero. Reventó la trompa, hemorragia, laparoscopía, llanto desconsolado, adiós embarazo y trompa. Por lo menos salvé la vida, dijo el médico.

El ginecólogo me sugirió realizar una fertilización asistida. “Tenés 36, una trompa menos, pocas posibilidades”. Si, lo que el doctor decía era verdad. Pero él no contaba con la fuerza de mi deseo. “Yo no voy a hacer fertilización asistida”. Insistía e insistía. Tanto él como yo. Me propuso otra laparoscopía para revisar el estado de la otra trompa. Realmente no quería hacerlo, detesto la anestesia general. En la primera fecha programada tuve fiebre, cancelamos la cirugía. En la segunda fecha tuve mi período, cancelamos la cirugía. En la tercera me dijo: “si no venís, cambiá de médico”. Tuve que ir.

Otra laparoscopía. Resultados desalentadores. “Tu otra trompa tampoco funciona. Tenés que hacer fertilización si querés tener un hijo”. Su capricho aumentaba mi capricho. “Doctor entiendo el método científico, pero voy a tener un hijo porque deseo tener un hijo, pero bajo ningún punto de vista voy a tenerlo por fertilización asistida”. Por supuesto, estaba con tratamiento psicológico. Yo, el médico no se. Obvio que no fui más, al médico, a la psicóloga sí ya que fue quien me ayudó a soportarlo. Esta es una simple descripción de hechos. Las emociones asociadas tuvieron el poder en mí de crear la voluntad para conseguir lo que deseaba.

Al año quedé embarazada otra vez. Volví al médico con cara de “te lo dije”. Solo pudo decir: “bueno, los primeros meses de embarazo son sólo una cosa química, esperemos a ver que pasa”. Su cordura impulsaba mi irracionalidad. Visto a la lejanía descubro que también deseaba profundamente demostrarle a mi médico lo equivocado que estaba. Deseaba con todo mi corazón ostentar mi certeza delante de sus narices científicas. Sin embargo, después de 4 ecografías descubrimos que el embrión nunca desarrolló su corazón. Anestesia total, legrado, llanto desconsolado, adiós embarazo otra vez. “Es una posibilidad”, dijo el médico. “Es probable que tus óvulos sean viejos. Definitivamente tenes que hacer fertilización si queres tener un hijo”. Elijo el hijo, le dije a mi psicóloga y abandoné al ginecólogo.

Un embarazo ectópico, uno sin embrión, una trompa menos y otra destrozada, óvulos avejentados, 38 años, médicos en contra, método científico, estadísticas, y demás; no eran razones suficientes para detenerme. Ni siquiera las emociones destructivas asociadas, los fracasos, el sufrimiento o el padre del bebé dándose por vencido.

Mi nena tiene ahora 10 años y se llama Victoria. Fue concebida naturalmente. ¿Qué esperabas?

Esta es la otra parte de la historia:

Cuando la nena tenía tres años, no sabía leer, por supuesto. Pero ella creía que leía. Un día dijo:
– Mamá vení, sentate acá que te voy a leer – Tomó el libro del revés, como si estuviera escrito en hebreo, y empezó a leer.
– Acá dice cuando el abuelo era chiquito y yo lo llevaba a andar en patines -, dijo. La nena tenía tres años, te repito.
– Acá dice cuando vino ese nenito primero -, dijo.
– ¿Qué nenito? -, dije.
– Ese que vino antes que yo.
– ¡Ah! Ese. ¿Era varón?
– Sí, era varón. Y el que vino después también era varón.
– ¡Ah! Ese también era varón.
– Si, los dos eran varones.
– ¡Ah! Los dos… y ¿por qué vinieron?
– Yo los mandé.
– ¡Ah! Vos los mandaste… y ¿por qué los mandaste?
– Porque sino no hubiera podido venir yo.

En mi primera regresión pregunté…
Mi hija viene del mismo lugar que yo…

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