Accidentes…

¿Accidentes? No hay tal cosa como accidentes. Simplemente son encrucijadas. Momentos en los cuales hay algo que cambiar. Tengo una amiga de toda la vida (soy 5 días mas grande). Nada es lo que parece…

Cuando teníamos 29 años sufrió un accidente de tránsito que no la mató, de milagro. Conmoción cerebral, pelvis destruida, huesos rotos, dos años sin caminar. Recorrió cuanto hospital público y privado se te ocurra. Escuchó estupideces tales como: “no vas a volver a caminar”, dichas por médicos, “no vas a poder tener hijos”, no esto, no aquello. Varias cirugías, infección intra hospitalaria, quimioterapia. Me acuerdo un día en que mirábamos por la ventana de la habitación donde estaba internada y llovía. Me dijo: “la gente a la que nunca le pasó nada en la vida mira por la ventana y se queja porque está lloviendo”. Hoy tiene cuatro maravillosos hijos con el médico que la operó y la hizo caminar.
Diez años más tarde, revolviendo entre sus papeles encontró un dibujo que había hecho cuando tenía 18 años. Era el dibujo de un cuerpo humano en el cual estaban sombreadas todas las partes del cuerpo que ella se rompió en el accidente ¿Casualidad? No, acuerdos prenatales.

También está el caso del hijo de una amiga.
Esta historia está incluida en el libro Elijo ser Luz. La comparto…

Ya te dije que tengo otra amiga de la cual quiero hablarte. Su historia es una de esas que te dejan con la boca abierta. Te la voy a contar en sus palabras.
“Tuve tres hijos por fertilización asistida. Vinieron los tres juntos porque así me los implantaron. El 24 de Diciembre último fue la primera Navidad en que los trillizos con tres añitos y 4 meses de edad, podían entender que significaba el festejo…
Pasamos la fiesta en la casa de mi cuñada, que es casi una hermana para mí. Quería evitarme trabajo adicional, tres hijos de 3 años es suficiente trabajo.
A la media noche empezó el festejo. Brindis. Saludos. Esperábamos ver a Papá Noel volando en su trineo. Uno de los trillizos estaba a upa de mi cuñado. De pronto el tiempo se detiene y todo empieza a suceder en cámara lenta. Mi marido sale corriendo, mi cuñado también, llevan al nene llorando a la pileta de la cocina. Abajo del chorro de agua todo era sangre y llantos desconsolados. No entendía qué estaba pasando.
Recuerdo voces, muchas voces: “ponelo en el agua”, “llama a emergencia”, “llevalo a la guardia ¡ya!”. Media noche del 24 de diciembre. ¿Guardia?
Corrimos a la calle…desesperados…yo no entendía el motivo del sangrado…ni los llantos, ni la sangre.
A unas cuadras de donde estábamos había un sanatorio. Nos recibieron, lo revisaron, pero él no paraba de llorar. Nosotros tampoco. Le hicieron una placa. El médico con toda la calma y contención que pudo nos dijo:”Su hijo tiene una bala en la cabeza está muy grave. Hay que trasladarlo…”
Bala. Grave. Trasladarlo. Creí morir ahí mismo. No podía pensar en otra cosa que no querer perderlo, habían sido tan deseados, tan amados. La vida no se lo podía llevar tan pronto… Mi marido intentaba inútilmente comunicarse con el pediatra… Media hora pasada del 24 de diciembre. Tomé el teléfono y traté. Primer milagro. El pediatra de los trillis me contestó. Fue él mismo quien se encargó de todo. Recuerdo que yo sólo gritaba y lloraba. Una enfermera me calmó: “mami tenés que estar tranquila, si tu hijo te escucha desesperada, se desespera también” ¡Gracias! Donde quiera que estés. Ahí entendí que era yo el sostén de mi hijo. Comencé a tranquilizarlo, abrazarlo, besarlo, acariciarlo, hablarle en vos pausada con un mensaje claro: “pronto vas a estar bien, te lo juro hijito”.
Vino la tomografía. El momento de la verdad. Arrodillada a su lado en el tomógrafo pedí una señal. Supliqué una señal. Pedí al Cielo por mi hijo, como pedí cuando lo buscaba hacía tres años y medio. Hasta que ¡ahí estaba! De pronto levanté la vista y ahí estaba la luz. Vi a Dios, o a su mensajero afirmando que mi pedido había sido escuchado, otra vez. Supe en ese momento que todo iba a salir perfecto. Pase lo que pase, mi hijo se iba a salvar. Segundo milagro.
Sin embargo, en medio de sus llantos y la sangre que vomitaba, tuvimos que hacer el traslado. Fui con él en la ambulancia, pero tuve que viajar al lado del conductor. El viaje se hizo interminable, no pude sacar la vista de los monitores: estaba estable.
A mi marido le tocó la peor parte, seguir la ambulancia, escuchar la sirena, manejar a la medianoche del 24 de diciembre siendo testigo silencioso del milagro que todavía no puede creer. Cuando llegamos a destino uno de los neurocirujanos infantiles más importantes del país lo estaba esperando. Me miré y me vi ridícula. Mi vestido minifalda de encaje todo ensangrentado, descalza (tiré los tacos vaya uno a saber dónde y cuándo), mi cuerpo bañado en vómito y sangre, la fiesta me había caído como un balde de realidad y la angustia y el miedo me salpicaban el alma mientras lo veía entrar al quirófano. A las 3.30 de la mañana lo estaban operando. Y a mí, de alguna manera, también. A partir de ese momento cada instante se convirtió en toda la eternidad. No podía entender qué estaba sucediendo ni cómo había llegado hasta ese lugar. Pero, ahí estaba.
Un tiempo indeterminable más tarde salió el médico del quirófano. La bala no se puede extraer, dijo. Su estado es crítico, pero la operación salió bien, aclaró. Las próximas 72 horas son riesgosas y es probable que requiera otras cirugías para aliviar la compresión en el cerebro que provoca el edema, pintaba el panorama. Seguramente necesitará respirador, terminó.
A las 24 horas el edema era mínimo. No hubo más cirugías, no necesitó respirador. Estuvimos a su lado todo el tiempo. Hasta que de pronto, despertó de la anestesia. No se cuánto tiempo pasó. Había perdido la noción del espacio y el tiempo. Me miró y dijo: “quiero hacer pis”. Le habían puesto pañal en la terapia intensiva. Se lo arrancó diciendo: “ya no uso pañal”. Y se paró en la cama con todo el cablerío puesto. A esta altura los milagros ya se tomaban como vida cotidiana. Al día siguiente dijo: mamá tengo hambre, ¡quiero ravioles!
Terminaba la comida cuando entró el médico forense esperando encontrar un niño moribundo. Cuando lo vió sentado en la cama mirando un libro de cuentos, ¡se largó a llorar! Sí, el médico forense se largó a llorar diciendo: “señora, ¡¡¡esto es un milagro!!!” Sí, sí que lo era.
El caso llegó a los medios de comunicación y afuera de la habitación se había juntado mucha gente conocida, desconocida, que rezaba, pedía, dejaban cartas, rosarios, medallas, estampitas, botellas de agua bendita, vírgenes… Las visitas no paraban de llegar para estar dando su apoyo y muchos pedían a todos sus conocidos que armaran cadenas de oración. Todo se lo llevaba directamente a mi hijo quien pasaba gran parte del día durmiendo para ayudar a su cerebro en el proceso de sanación.
Ocurrieron una sucesión de milagros. Sin embargo hay uno que me llamó poderosamente la atención. Te conté que de pronto despertó pidiendo ravioles. Antes de eso una persona del sanatorio me había alcanzado una imagen de una virgen. Me dijo que la había dejado un anciano junto con agua bendita y una carta. La imagen la iba a pasar a buscar en tres días. Cuando le acerqué esa imagen, se despertó, la acarició y se volvió a dormir. Al ratito me pidió los ravioles.
Al tercer día, infructuosamente llamé al número que me habían dejado en la carta. Nunca nadie me contestó. Dejé la virgen en la clínica. Todavía está ahí.
En los días que pasamos internados, muchas veces le pedí a los ángeles que me lo cuiden y al mirar el techo de la habitación, la veía llena de ángeles. No sé como explicarlo para no parecer desquiciada. Pero sentía que había una guarda de protección alrededor del cuarto. No estaba soñando. Yo la veía. A los pocos días de la operación mi hijo ya caminaba por la habitación, salía, sus hermanos lo visitaban. Al tercer o cuarto día le hicieron otra tomografía para ver cómo seguía. Luché para que no le pongan anestesia. Y gané la partida. Nadie pudo creer lo quietito que se quedó. Pero así fue. No necesitó anestesia. Fue una estatua. El edema había disminuido notablemente. El 30 de diciembre el cirujano nos dio el alta. Sólo había pasado una semana.
Mi hijo recibió una bala que entró en el cráneo por arriba, a unos 240º de temperatura, le traspasó el cerebro hasta llegar al lóbulo temporal izquierdo. Sí, unos milímetros más y no estaba vivo. Sin embargo, no tocó ninguna parte vital, aunque pasó a milímetros de todas… Jamás tuvo una secuela, jamás una convulsión, jamás nada. Los médicos lo confirmaron. No habían visto un caso así. No tenían explicación racional para lo sucedido. Fue un milagro.

Escribí ese libro hace unos años. Las cosas se fueron aclarando con el tiempo.
El niño, cuando creció le dijo a la madre que él sabía que algo le iba a caer por eso corría y corría esa noche. Pero al final, le cayó igual. Y luego su tío lo hizo upa.

El tío del niño, tuvo cáncer en el lugar del cuerpo exacto en el cual la bala le pego al niño que tenía alzado, sin saber que la bala había sido anterior.

Así somos.

En una regresión llegó la mamá intentado entender por qué su hija de 27 años tuvo un accidente en moto que la dejó en silla de ruedas obligándola a empezar a vivir de nuevo.
La respuesta fue contundente…
Necesitaba empezar de nuevo porque así no venía bien.

No existen los accidentes.
Son puntos donde cambia el sentido de la curva que veníamos tomando en la vida.
Lo único que necesitamos hacer es TRANSFORMAR.

Por la voluntad… o por la fuerza.
Para el universo esta realidad es apenas un juego.

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2 comentarios sobre “Accidentes…

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